miércoles, 29 de octubre de 2008

ArtBox

Transcurridos diez días desde la publicación en Ars Operandi de mi artículo ArtBox, doy cuenta íntegra del mismo en este mi blog.




“Aquí se aprende muy poco, falta personal docente y nosotros, los muchachos del Instituto Benjamenta, jamás llegaremos a nada, es decir que el día de mañana seremos todos gente muy modesta y subordinada”. Así empieza Jacob Von Gunten, de Robert Walser.

Perfectamente actual este párrafo, para quienes nos encontramos al otro lado, desposeídos de honores y trato preferente. Preferentemente, elegimos y lo hacemos desde ese lado, al que resulta tan difícil mirar, tan sólo en raras ocasiones: ¿somos artistas?

Mientras unos buscan musas, allá sabe Dios dónde, otros sustentan sus improntas creativas a golpe de necesidad imperiosa. Si se nos ofrece una posibilidad, por insignificante que parezca, la aceptamos, si no, de cualquier forma continuamos.

Desde luego, luchamos en nuestro empeño o necesidad por expresarnos y mostrar aquello que hacemos y sentimos. ¿La finalidad? ¿Continuar, prevalecer, permanecer? Vaya vd. a saber… Ser- hacer arte o formar parte. Para ello en ocasiones, nos vemos abocados a presentar una obra a un certamen o concurso, aún a sabiendas de la extrema dificultad que conlleva ser uno de los elegidos y lo costoso del propio formalismo normativo. Decidimos hacerlo en un esfuerzo añadido, si cabe en ocasiones, en tanto grado como el propio proceso creativo de la obra. En este sentido he querido dejar constancia testimonial de algunos casos, con la propia reflexión implícita, para quienes, como yo, les resulta difícil acceder a este tipo de convocatorias y también, en otro grado, poner de manifiesto a cuantos desconozcan el entramado y la dificultad de poder llegar a ver una obra.


Notas preliminares

La mayor parte de los certámenes de pintura que se celebran en nuestro país, indican en sus bases que la obra habrá de ser presentada en un lugar concreto, dentro de un plazo (Son pocas en las que se requiere una fotografía para una elección preliminar). Que el envío y reexpedición corre a cargo del autor. Que en ese caso habrá de ser utilizado un embalaje reutilizable. Que no se responsabilizan de cualquier tipo de deterioro que pueda sufrir la obra y que las medidas máximas no excedan de 2 x 2 m, entre otras.

Resulta obvio pensar que allí, donde se celebran los certámenes, aquellos que tengan el interés en presentarse y sean de esa ciudad o próximos a ella, en cierto modo ven reducidas las dificultades. Claro está, en muchos casos no es así.

También se ha de tener en cuenta que, a pesar de que en las bases existen medidas máximas y mínimas, son las primeras las que cuentan con mayor número de premiados. Por no decir que la gran mayoría de las obras premiadas, o seleccionadas, tienen las medidas máximas o se aproximan a ellas.



Los hechos

De lo anteriormente expuesto, se deduce que si quieres tener “alguna posibilidad más”, la obra a presentar, con independencia de la calidad artística, debería aproximarse a los mayores formatos. Esto conlleva ciertos inconvenientes para ser llevado a cabo. En el caso de que se quiera llevar la obra personalmente al lugar asignado, se deberá poseer furgoneta o similar, o bien disponer de ella temporalmente. En este sentido los alquileres de este tipo de vehículos - si bien para trasladar un gran número de obras como en el caso de las exposiciones, podríamos decir que resulta asequible - para el transporte de una sola no se puede decir precisamente que sea barato. En el caso de que – parece a simple vista más lógico – utilicemos un medio de transporte contratado para la ocasión, nos encontraremos de pronto con un sinfín de complicaciones logísticas y un elevado coste económico. Lo que nos creará duda tras duda, con el desgaste anímico consiguiente. En primer lugar, la mayor parte de las agencias de transportes se limitan a no admitir este tipo de envíos. Las que sí lo realizan son claramente ajenas a cualquier tipo de responsabilidad por los daños que pudiera sufrir la obra; si se accede a asegurar dicho envío, con el lógico incremento del coste, es condición indispensable que la obra esté debidamente acorazada. En otras palabras, con un embalaje a prueba de “lanzas”. Que no son otra cosa que esas máquinas para transportar palets, con amenazador aspecto de minotauro. He de recordar cómo uno de mis lienzos me vino con las mismas con un boquete de consideración. Las amapolas azules.

Gracias al envío de esta obra y el destrozo incomprensible que sufrió (ya que no sólo había un boquete en la arpillera, sino que el bastidor de 6 cm estaba hecho añicos), me vi inmerso en un “apasionante” proceso kafkiano para reclamar, al menos de manera testimonial, mis derechos. Después de dos años de espera, escritos y negativas por parte de la agencia de transportes a indemnizarme con nada, llegó el día de la vista oral ante el Organismo pertinente. Implícito estaba el traslado a pie de la obra de más de 150 cm ante la sorpresa de los viandantes. Al llegar al edificio de la vista, también pude ver un sinfín de miradas perplejas y, tras una exposición de los hechos por el “abogado”– yo –, fundamentados en la notoriedad del destrozo, y el poco celo o negligencia en el trato de la mercancía, llegó dos meses más tarde la sentencia favorable. Que al menos, reconocían mi derecho, abonándome una cantidad por kilo de envío. Esto fue como haber ganado incluso más que una Mención de Honor o Accésit alguno.




El realizar un embalaje adecuado que cumpla los requisitos de la agencia de transporte, resulta de un coste elevado, pues ha de ser de madera y la obra ha de estar poco menos que aislada en todo su conjunto. Creo, llegado a este punto, que no será difícil imaginar como sería la caja en cuestión, el tamaño, volumen, peso, materiales a prueba de golpes... en definitiva, algo para proteger tu “gran-valiosa-obra”. Exentos quedan materiales plásticos con burbujas, cartones, etc. Son del todo tajantes: madera. Sin madera, no hay seguro, no hay responsabilidad.

Madera, implica coste, peso... Te preguntas: ¿dónde meto eso?



embalaje
s.m.
1 Empaquetado o colocación de un objeto dentro de envolturas para protegerlo durante su transporte.
2 Caja o envoltura con que se protege un objeto para transportarlo.



La realidad

Llegado el momento, optes por una opción u otra, te ves ante un dilema que en ocasiones resuelves no presentando tu obra. En otras, con mayor valentía y confianza, decides hacerlo “cueste lo que cueste”.

La primera vez que tuve que hacer un embalaje reutilizable, decidí hacerlo dando sentido a la obra que contenía. Así la cosa quedó con ruedas y portezuela, eso sí de cartones encontrados, y como retales, fueron tomando forma hasta llegar al aspecto actual. En las dos ocasiones que he expuesto la obra interior, ha ido acompañada de ésta: su caja, el envoltorio, la obra exterior. En este caso la caja es blanca y lleva el título de la obra. Las Olas: mar y cielo.

Como me convenció en cierto modo esta forma de proteger una obra con otra, decidí hacer una caja similar a la anterior, pero usando materiales impermeables muy llamativos, que por el color, recuerdan la época de lluvias. La obra que contenía la titulé Primera de otoño. Este embalaje protegió adecuadamente la obra, pero parece ser que se volatilizó al llegar al destino, pues no volví a saber de él. Llegándome la obra devuelta, sin más que un plástico de burbujas. A pesar de mi perplejidad y las innumerables ocasiones que busqué una explicación o paradero del embalaje a la organización del certamen, el resultado fue siempre inútil.

El presente

Como no hay dos sin tres, he reiterado mi intención de presentar otras obras con un embalaje de la misma índole. Buscando – creo –, que sea el propio arte el que se proteja a sí mismo. Pensando que quien opere con este tipo de envíos le resulte chocante – cuanto menos – ver de pronto una caja, o que se le parece, colorida o con multitud de mensajes. Así pude comprobar, que Frágiles naturales (obra nueva de mi próxima exposición), viajó tranquilamente a pesar de que el contenido era tan frágil como el propio papel.

Con posterioridad a ésta realicé otras dos ArtBox, ambas también para formar parte de Árbol Armónico, mi próxima exposición. Una para una acuarela de 120 x 120 cm y otra, para Las flores rojas, que me vi recientemente obligado a no enviar a Madrid por el elevado coste del transporte. Ésta última resultó de lo más interesante; comprobar el verdadero sentido que le daba el envoltorio y las reacciones que producía. Al llegar a una de las compañías de envío, se dirigieron a mi en estos términos: “pero... esto no puede ir así, tiene que ir envuelto. Si no, a ver, ¿dónde pongo el sello y pego este sobre?” A lo que le respondí: “disculpe señora, pero esto es la caja, puede ponerlo donde le parezca” Tras de lo que pareció entrarle una especie de júbilo y satisfacción haciendo partícipes del descubrimiento no sólo a sus compañeros, sino a cuantos estaban en ese instante allí, diciendo: “¡Ah, si es la caja, sólo que la ha decorado y todo…!” Finalmente, se excedía de las medidas máximas, y nuestro gozo en un pozo. Y con gesto de amable complicidad, me dicen: “No podemos enviarlo. Lo sentimos.”




1 comentario:

Atelier Segura dijo...

Las imágenes que aparecen, secuencian de forma cronológica el proceso ArtBox.