lunes, 7 de diciembre de 2009

Lola Greco, Fedra o La leyenda del tiempo



VI.XII.MMIX . F E D R A
~Eurípides~Séneca~Racine~
Lola Greco, Premio Nacional de Danza 2009
Guión y Dirección: Miguel Narros. Música: Enrique Morente. Coreografía: Javier Latorre
Bailan: Lola Greco, Amador Rojas, Alejandro Granados y Carmelilla Montoya
. . .Teatro Zorrilla Valladolid, 19 horas

Lola Greco: Fedra o la Leyenda del Tiempo


El día que la casualidad quiso que me encontrara con la poesía de Antonio Gamoneda, lo hizo en una Santander junto al mar de lluvias. Diría que ‘subiendo una escalera lo encontré en el tejado’. Un espacio muy especial que invitaba a estar atento y saborear ese momento. Era la Feria del Libro y la librería es Merienda en el Tejado. Esa escalera estaba ahí apoyada en uno de los laterales y sobre cada uno de sus escalones, reposaba una obra literaria. Así fue cómo tras coger esa delicada Antología, en cuclillas abrí algunas páginas leyendo algún fragmento de esa poesía para mí desconocida que, al cabo de un rato, recordé a su autor como poseedor del Premio Nacional de Poesía. Aún en cuclillas, me dispuse a guardar el libro en el interior de su caja para comprarlo, cuando miro hacia arriba y sobre la escalera plateada, estaba suspendido en el aire de un hilo rojo un cuento: El árbol rojo de Shaun Tan. Pregunto por él si me lo pueden bajar y así, contento y feliz, salgo empapado con esas dos bellas obras.

También la lluvia, en este caso no primaveral, sino la que precede al invierno suave como un manto de niebla, quiso ayer que me topara con el cuerpo de baile de lo acabábamos de ver hacía algunos minutos; el tiempo justo que marca una copa de vino en un sosegado culminar de emociones. Eran aquellos bailarines de Fedra, con sus maletas, entre la tenue luz de las farolas, sin protección alguna de la lluvia como en un pax de deux dibujaban sus siluetas por la calle. Me acerqué a felicitarles y les dije si no tenían inconveniente en que les hiciera una fotografía (Lo cierto es, que había llevado mi cámara, por si surgiera poder hacer una foto, y he de confesar que tras encenderse el patio de butacas al finalizar la obra, pensé en solicitar ir a los camerinos para felicitarles, pero la emoción contenida tras el cúlmen de Fedra me hizo desistir). Aquellos jóvenes amables y sonrientes, accedieron. Caminé junto a ellos por la Calle Núñez de Arce, hablando de lo que habíamos podido ver esa noche en el Teatro Zorrilla, como algo único. Al llegar al autobús en el que viajaba la compañía, me indicaron que, faltaban por llegar con Lola. Hice un par de fotos a los que en ese momento estaban guardando sus maletas, junto a los del toque y cante.


Después, retrocedí mis pasos por aquella calle vacía... Pensando excitado de la suerte de aquel casual encuentro, buscaba con mis pasos un encuadre, el tiempo transcurría lento y veloz a la vez. Así fue cómo surgieron las tres figuras atravesando la luz de la noche. Dibujando con sus pasos un camino antes atravesado por otros en la estela del Maestro Flamenco. Llevaban de sus manos las maletas del retorno viaje. Esa estampa, como un lienzo aún fresco, está en mi memoria. Ésa era la foto que guardaba para mí. Tan sólo a unos pocos metros de ellos abrí los brazos –como muestra de alegría al hallarse con un amigo– y, con una leve reverence frente a Amador Rojas, le tendí mi mano para felicitar su brillante trabajo, casi sin apartar la mirada de las mujeres figuras.


Les hablo de ‘que aquella representación de Fedra, que representaron ha sido algo muy-muy especial y que nunca se pudo ver antes en esta ciudad. Un flamenco profundo y libre, llevado magistralmente a escena con un sentimiento y expresión dramática que, de la Clásica Emerita Augusta, se extrae la más pura esencia artística capaz de transmitir sin adornos. Grecia, a los pies de Greca. Camino con ellos y hablamos. Qué mejor lugar para hacerles una foto en esa calle, que como la mayoría, sobresalen los luminosos publicitarios, que ante el jardín de la Fundación Segundo y Santiago Montes, un lugar tan especial como bello de la ciudad. La foto, –procuraré no usar el flash, luego me arrepiento–. Les acompaño también hasta el autobús y nos despedimos.

–Parece lógico pensar que, el cante, toque y baile, las tres facetas del flamenco, sean suficientes para representar una obra. Pero esta conjunción de todas es llevada a su máxima expresión con la puesta en escena, que derrama una dramaturgia vista antes en las grandes óperas. La palabra en ballet, se usa en ocasiones para enfatizar en obras contemporáneas, nunca en clásicas. Pero esto es una obra griega. Aquí hay palabras y llantos envueltos en ese maravilloso hilo de envolver que es la música.

La interpretación argumental se nos muestra a través de una luz, tan esencial como suficiente. La figura de Fedra se volatiliza para luego caer al suelo, es el vaticinio del desenlace de la circular obra. Como modesto conocedor de la técnica y teoría del ballet, pude ver en la presente Premio Nacional de Danza, recursos exquisitos con la máxima expresividad, desde una sencillez aparente, sin adornos para llegar al grand battement en los adagios. Attitude front en relevé interminables hasta el recogimiento más sublime, para después alargar al infinito las puntas hasta el fondo al tiempo que las raíces pasan por sus manos exclamando comprensión al cielo. Es cuando surge de pronto el duende los patios andaluces, gitanos, de pura esencia poética. La cepa del arte flamenco brota, la ama, Carmelilla Montoya, que abandona el escenario y nos hace volver a esos corrales de leyenda. Obras maestras que Falla y anteriormente Bizet nos dejarían para siempre. Baile sentido hasta con que irrumpe del silencio su voz. No son palabras las que salen de su boca. Es cante puro, que te llega al alma con su lamento. Amador Rojas, como Tamara Rojo, realiza con gran destreza y emotividad su papel de Hipólito. La música, obra de Enrique Morente, viene a conducir toda la obra con tal acierto y simbiosis que los silencios se funden a la perfección con el resonar de los tacones, que un acompasado y joven cuerpo de baile, llega a la escena final formando, como si de un obra pictórica se tratara el armónico attrezzo de una sola unidad.


Una unidad, que en conjunto la hace única en el arte flamenco. ¿Pero esto es flamenco? Es lo mismo que se preguntaron algunos llamados puristas de este arte, cuando un grupo de personas ‘agarraron sus maletas’ para abrir la puerta del camino allá en 1979. Ese grupo lo encabezaba Camarón. Éste, lo hacía Lola Greco, acompañada por la belleza expresiva de una Montoya y el joven Rojas, que paradójicamente nace al mismo tiempo que entonces lo hiciera ese 'momento'; para de nuevo renacer ahora como un concepto y otros aspectos del flamenco.

Lola Greco, Fedra

o

La leyenda del tiempo.