domingo, 15 de mayo de 2011

La Rosa y el Papel

Es mayo en el campo de Castilla. Es flor que nace allí donde el tiempo llega con la luz y el viento de agua. Agua clara, agua limpia que nace de las nubes negras. Donde nace esa flor, crece el canto de las aves que susurran a lo alto. Esa música está escrita con barro sobre papeles que vuelan libres por el ancho campo. Entonces, miro al horizonte despejado, me tumbo en la hierba, con la mirada entre el azul y lo verde sembrado. Sobre mí escucho los cantos suspendidos de las alondras, que vuelan entre algodones blancos. Cierro los ojos e imagino una bella Rosa de perfume. Pasó el tiempo y la Rosa perdía su frescura. Aún así era feliz, pues conocía bien su dicha. Entonces, como en un suspiro, llegó hasta la Rosa mecida por el viento una hoja de Papel blanco. La hoja se clavó entre sus espinas. Esa hoja arrugada y zurcida por el viento, cansada de tanto vagar vacía de palabras, descansó junto a la Rosa. Se sintió dichosa pues la Rosa le musitaba palabras extraídas de su más profundo sentir. Eran palabras perfumadas; poesía extraída de sus marchitos pétalos. El papel absorbía todo cuanto escuchaba y se impregnaba el blanco de versos perfumados. Así fue como vi aquella flor envuelta en la hoja de papel poesía y cómo la Rosa recobró su frescura.