domingo, 21 de diciembre de 2008

Caballo volador


Cuando han pasado más de cinco meses desde mi último viaje a la cantábrica Santander, es un honor poder mostrar lo que pinté allá por el mes de julio, en su plaza más popular durante su certamen de pintura al aire libre. Por cuestiones climatológicas, y dado el limitado recorrido, me vi frente a la ecuestre escultura; pues el resto, los escalones de acceso, la fuente pública, los bancos azules, el trasiego de gente, los niños jugando con el agua, las especie de palmeras o similares dragos y los edificios de la circundante avenida repletos de vida y color, eran suficientes motivos para pintar en ese lugar; suficientes, como para evitar hacerlo por un simple mal gusto de algunos... Así, pinté durante dos o tres horas, ignorando aquel bronce, como vaticinio de lo que parece una realidad manifiesta recogida por las cámaras a golpe de Telediario. Es un honor mostrar esta pintura que si tuviera que ponerle un nombre, posiblemente elegiría, Caballo volador.