viernes, 5 de diciembre de 2008

[ i ] de ilusión

En la periodicidad que me es habitual, un día entre septiembre y octubre me dije: ya es hora de sacar a la luz, y dejar ver a las ávidas miradas de un Jurado que Se Precie una de tus obras o cuadro, por tener esos lados. Así pensé: "ande o no ande", mándalo a uno grande. Que finalmente, el sólo asunto del envío, pre-ajustició cualquier tipo de opción, sin poder llegarla a enviar. Quienes hayan leído ArtBox, se darán perfecta cuenta que la obra en cuestión, se trata de Las flores rojas.


Ésta, junto a otras pertenecientes a Las Olas, están en la más absoluta oscuridad y, nunca mejor dicho pues, gracias al amable gesto –como tantos otros– de una amiga, se guardan en, –llamémosle–  un ArTrastero. El día que decidí, mandar esta obra, y dado que se requiere la protección para participar, de un listón perimetral, saqué ésta a la luz de la calle y donde no estorbaba a nadie, la dispuse en el suelo mirando al cielo –otra vez– y me dispuse a golpe de martillo, hoja de sierra en mano y unos clavos, a manufacturar in situ ese perímetro con listones de madera. Listones, que hasta allí llevé en mi bicicleta (la cuarta que tengo, pero otro día hablaré de ello, ahora sólo cito la maestra y bella Ladri di biciclette de V. de Sica), que a pesar de los dos metros y medio de longitud, no fueron impedimento atarlos centrados a la barra, sin impedir maniobra alguna del guía. Toda una emocionante experiencia conducir algo tan ligero y volumétricamente tan grande. Como si de un vehiculo longo se tratara  al girar o maniobrar. Ciertamente gratificante la sensación.

(Aquí, quiero hacer un paréntesis o–le llaman guiño–, a Monsieur Houlot. Cómo se echan de menos estas genialidades...!!!)

Resultó cuanto menos también, del todo gratificante y de lo más saludable, intervenir en plena calle con la obra expuesta en el suelo, ante la atónita mirada de unos pocos viandantes que esa mañana dispusieron sus pasos junto a Las flores rojas. Terminada la operación, pensando en cómo me llevaría la obra para su embalaje, –en la sencillez conceptual [aunque me esté mal decirlo] de la que suelo hacer gala– hallé la solución. Que no era otra, que mi bicicleta. Atrás quedaban transportar en ella, largos listones, como pequeños cuadros, bastidores, bolsas de todo tipo como carga o vianda, como aquellos domingos de hace unos años que, portaba –literalmente– mi stand de artmercadillo sobre mí y las dos ruedas... Un circo en vivo (que, como suele decir el dicho popular: «ande yo caliente...»).

Ahora, la cuestión era otra. Las flores rojas miden 130 x 162  cm de ancho. Transportarlas cerca de dos kilómetros, con la bici, no sólo era un reto, también conllevaba un alto riesgo. Enfrentándome a mí, y las consiguientes deliberaciones mentales de cómo llevarlo a cabo, la dispuse sobre el pedal derecho (pues no soy zurdo), con la obra hacia fuera sin riesgo alguno de prepararla. Até una pequeña cuerda desde el interior de la cruz del bastidor al manillar y así quedó la cosa sujeta tan ricamente. Después, únicamente, tenía que llevar –eso si con cuidado de no coger baches– un manillar, que podía llevarse con una mano. Fácil. Éste paseo, que nos dimos (los tres) por el camino que bordea el río, sin duda alguna me reportó tanta satisfacción como leer éstas palabras de otra amiga: 

«He visto todas las fotos de la galería de Picasa —algunas varias veces—, he leído parte de los artículos, he vuelto a mirar las fotos... y me he enamorado de un cuadro. Se llama "Las flores rojas". Me parece sencillamente fascinante, con mucha luz y lleno de movimiento, como si hubiera miles de mariposas haciendo vibrar esas flores. O lo que me dijo otro amigo: «La ArtBox para Las flores rojas... justa epidermis para una de mis obras favoritas».  Pero claro, estos son amigos... 

Bueno sigamos, y no nos dejemos llevar por más sentimentalismos. 

De un orgullo interior, daba fruto a mí rostro una esbozada sonrisa que, no reparaba amablemente –como dando los buenos días– en regalar a cuantos, en esa mañana nos encontramos en el camino. Finalmente llegué con Las flores rojas, sanos y salvos. Después emprendí el proceso para hacer el ArBox que algunos ya conocen, que me permitiera enviar la obra. Como quiera que al final, no la envié a Madrid a ese grande-grandísimo certamen de pintura. En la consiguiente bajada de humos, opté por llevar más cerca la obra, al aparente –"más accesible"– certamen de pintura que por vez primera me iba a presentar en esta mi ciudad. Después de deliberar el jurado, he de felicitar públicamente al ganador de este IX certamen, que fue a parar a mi amigo (–por lo menos, eso digo—) de consolidado arte: Carlos Sánz Aldea. ¡Enhorabuena, mi más sincera, amigo!

«Perseverar en algo que crees, al menos conlleva implícito mantener la ilusión».


–«Cuando buscas algo, lo verdaderamente importante, no es hallarlo.
...Y en ocasiones las cosas aparecen sin buscarlas.
Yo, por ejemplo, estoy convencido que [este año nevará en mi ciudad] [y una gran nevada].
Es bastante probable, que lo único que veamos sean unos copos. Pero lo más importante, no es, si lo hará o no, sino, tener la ilusión de que ocurra»–

Esto que, muchos años ha, escribí para una postal de Navidad en la empresa en que trabajaba, retomo ahora como título del relato en el que me encuentro.

Llegó noviembre, y con él el frío. La nieve se hizo presente en aquellos lugares a los que suele acudir fielmente y también a otros no tan acostumbrados. Aquí se quedó la cosa en uno pocos imperceptibles copos. Retiradas pues Las flores rojas salvaguardadas por su ArtBox, –que todo he de decir–, tuve que reclamar ésta segunda, pues no estaban juntas y se habían tomado la molestia y cuidado celo de, envolver la pintura con plástico burbuja. Cosa que agradecí, pues, me pude llevar esos metros, para así proteger no obra, sino plantas de las heladas. Todo esto a pesar de intentar olvidar, en todo momento, lo ocurrido con otra obra en la que su ArtBox, no me fue devuelta y me vino de tal guisa o envuelta en el mismo plástico de burbuja.

Como no podía ser de otra forma, el medio de transporte volvió a ser mi bicicleta. Creo haber dejado sin palabras al mismísimo repartidor de Seur de la zona centro.

Una vez en casa, tranquilamente miré unos apuntes que tenía sobre otros certámenes y de hecho uno, al que me presentaría también por vez primera, le tenía en mente como pendiente. Ánimo me dije, ahora, cógete esto mañana, que es justo cuando acaba el plazo y llévalo allá de viaje. Así lo dispuse, y a la mañana siguiente, puse a lomos del coche el ArtBox con Las flores rojas en su interior. Lo até bien y mirando al gris cielo me puse rumbo noreste. La noche antes, estuve pegado al televisor esperando al Tiempo: «...según avance el día, habrá precipitaciones en el tercio norte, siendo en forma de nieve en cotas de 600 m». Tampoco era como para asustarse, tan sólo darse vidilla y dejar la tarde al cobijo de la estufa. 

El viaje no fue lo que comúnmente se conoce como de placer, pero tuvo momentos mágicos y muy especiales. Así, al frío de cero grados que entraba por una ranura en la puerta derecha, por la que pasaba la atadura, era restado por un maravilloso repertorio en la Radio Clásica esa mañana. Así, los vehículos que iban a pasar mis metódicos 90/100 km/h., se tomaban su tiempo... y en ocasiones, cómplices, me sonreían. Así cuando llegando a tierras burgalesas, hizo aparición el manto blanco sobre los campos fríos, tuve por momentos el arrebato de parar y ponerme a pintar. Al hilo de la música, en unas palabras de Shakespeare que recitaban en esta Radio, el viento agitaba las ramas altas de los robles que pueblan el puerto que da paso a la cuna y origen del castellano. La nieve acomodada al hueco y al tronco ahora dormido, pero no callado. Las ramas alegres, jugaban al viento; lanzando unas a otras el blanco bien preciado. Líneas negras y blancas, como presas del paisaje: profundidad y calma. Una parada por las obras, unos minutos de nada. Apagué el motor, y sin más disfruté ese momento contemplando todo eso por la ventana. 


Al llegar a mi destino, el sol esperaba.  Dejé a buen recaudo Las flores rojas; que mantengan la ilusión de al menos ser en otro lugar contempladas. Volviendo de regreso a casa, la misma satisfacción que la ya citadas. En el horizonte, el cielo gris aguarda.–Si las previsiones que anoche escuche, no están equivocadas, lógico será que no tardando mucho aquel cielo oscuro, la nieve traiga. En el viaje de regreso, la luz disminuía con cada kilómetro, cada vez más cerca de la inmensa gris nube. Tan sólo en la proximidad  de la vecina Palencia, entonces, se hicieron presentes los blancos copos. Pensé para mí, sonriente: –¡está nievando!–.